miércoles, 6 de febrero de 2008

LESIONES ILUSTRES DE LA HUMANIDAD


Si Saddam Hussein bautizó la primera contienda del Golfo como la madre de todas las guerras, yo me atrevo a tildar la entrada de Goikoetxea a Diego Armando Maradona como la madre de todas las cerdadas. Aquella falta en la medular del campo supuso mucho más para la segunda mitad de la transición democrática española que las canciones de Ana Belén y Víctor Manuel, que el discurso del Rey la noche del 23 F y la muerte de Paquirri juntos. Fue un puñetazo a la conciencia de los españoles, un ¡basta ya! pre-miguel ángel blanco, el genoma de la condena a la barbarie y la sinrazón. Aquello unió más a las dos Españas que las tetas de Sabrina o el capítulo piloto del Misterio de Salems Lot. Ahora me dispongo a explicar el por qué. Antes que nada, tenemos que ponernos en situación: 24 de septiembre de 1983. Juegan los dos buques insignia de los nacionalismos Catalán y Vasco (Barcelona C.F –vs- Athletic de Bilbao). El nacionalismo catalán, siempre moderado, mercantilista y toca huevos, había fichado a la joven perla del fútbol mundial Diego Maradona; el Bilbao, en cambio, ponía en el campo a los 11 leñeros elevarrulos y picatroncos de siempre, una formación dispuesta a todo con tal de alcanzar sus fines. Como no podía ser de otra forma, los hechos culminaron en tragedia. Sin mediar provocación, cuando el pobre pelusa se disponía a controlar un balón en un centro del campo rodeado de gladiadores vascos, y sin que la jugada entrañara peligro alguno hacia los intereses del equipo de Bilbao, una exhalación de violencia irrumpe por el margen inferior derecho de la pantalla. Al principio no sabemos si se trata de algo humano, ya que los jóvenes ojos de los televidentes democráticos en España no estaban acostumbrados a contemplar un objeto moverse con tal determinación hacia su presa (recordemos que la primera entrega de Terminator no se estrenó en nuestro país hasta un año después); tras observar como el 10 del blaugrana sale despedido varios metros por el aire y su cuerpo inerte se arrastra por el campo hasta una distancia insoportable para la sensibilidad del numantino medio (jamás cobró tanto sentido esa estrofa de la tonada de Calamaro "Maradona no es una persona"), el realizador efectúa un ligero zoom en busca de la centella asesina que casi acaba con la vida del pelusa. España se queda atónita ante la figura que contempla en la pantalla. No puede creer que ese gesto de crueldad y salvajismo bronco, copero, meano y sobaquero, haya podido provenir de un igual, de un homo-sapiens que está jugando con un balón de reglamento. Pero el gesto definitivo, la gota que colmó el vaso del oprobio fue que ninguno de los leones se dignó a interesarse por el estado del jugador argentino. A partir de entonces todos nos dimos cuenta de que algo había cambiado en nuestro interior, que en nuestras almas, por entonces en un 99% bilardistas, se abría una brecha por la que entraron como cosacos sedientos, entre otros, los siguientes elementos de la sociedad española: el grupo PRISA, la quinta del buitre, el consumo indiscriminado de coca, los GAL, Olé Olé y Juan Tamarit. Tras una intervención de urgencia en los vestuarios del Camp Nou, el pelusa quedó en el estado de hinchazón que podemos observar en la foto que encabeza esta entrada.

2 comentarios:

Thorshavn dijo...

Me gustaría recordar al torpedo bilbaíno que casi siega la vida del astro farlopero. Andoni Goikoetxea fue durante muchos años el 5 del Bilbo y de la selección española. Un central rudo, de casi metro noventa y con la típica nariz partida de boxeador. Como curiosidad de este tipo, jugó el famoso España-Malta de los 12 chufos, y era el único jugador que se quedaba en defensa cuando todos sus compañeros estaban en área maltesa. Actualmente entrena al Hércules de Alicante.

Maria dijo...

Ya dijiste el 31 de enero que no te gusta que te critiquen.

Pues no lo haré, tan sólo te ofreceré un apunte: utilizar el punto y aparte.

Ná-más.

Y no se hable más de ortotipografia.